viernes, 19 de septiembre de 2008

Expropiar y repartir

Recientemente una acción de Enric Durán, imagino un pseudónimo para ocultarse de las previsibles represalias que se adoptarán por blasfemar del "statu quo", era artífice de la expropiación bancaria de 492.000 euros, una acción destinada a denunciar la situación hegemónica de los bancos, su contribución descarada al colapso ecológico y a socializar los pingües beneficios que estos ingresan diariamente.

El método empleado, el atraco a bancos sea virtualmente o "in situ", recupera la tradición anarquista de personajes como Buenaventura Durruti o el M.I.L. de Salvador Puig Antich, quienes redistribuían lo obtenido en el saqueo entre el proletariado, principales artífices de la producción de riqueza.

No voy a negar que siempre he sido partidario del "efecto Robin Hood" e imagino que quien se considere de izquierdas sentirá una cierta simpatía por el personaje ideado por el difunto Walt Disney. Los bancos, que juegan a especular con las nóminas de los asalariados, invierten en armamento, guerras, esclavos y drogas, contribuyen a promover el egoísmo individual e incentivan el deterioro del entorno, abundando en las situaciones de desigualdad y en el destrozo de ecosistemas; no son la causa, pero si un factor coadyugante del sistema.

De su funcionamiento, apenas nada se conoce, por lo que confío en que el documental que adjunto, que responde al elocuente título de "El dinero es deuda", abra vuestra mente y os posicione frente a una realidad que hasta hace poco ignoraba.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Reflejos desagradables

"De broma, pero en serio, podríamos decir que el capitalismo no se contrapone al comunismo, por extinción de éste, sino que se mira en su propio espejo y constata que la imagen que le devuelve es fea y fuera de control. Durante años, cuando las cosas marchaban bien globalmente, aun con muchos desajustes y desigualdades lacerantes, las miradas en el espejo han sido autocomplacientes. Ahora, que estamos navegando en la incertidumbre o con la certidumbre de que esto va mal, la imagen que se refleja no satisface a nadie."

La cita corresponde a Felipe González Márquez, quien fuera inquilino del Palacio de la Moncloa años a y que por fin ha entrado en razón, tras afirmar temeroso en su momento que "el capitalismo es el sistema menos malo de todos los sistemas". Hasta él, que ya había abandonado su pasado marxista (recordemos que el PSOE recortó el término en su cónclave de 1979) y se había entregado en manos de ese sueño de presunta libertad adquisitiva que prometió la apertura económica de este país, ha terminado por reconocer una evidencia de semejante calibre.

Ahora y como bien observa el ex-presidente español, el capitalismo, como aquella bruja malvada ideada por Disney, se mira en el espejo y éste se asincera con ella y le reconoce que "no eres la más guapa del reino". Desaparecida la bipolaridad que lo oponía al comunismo, la mano invisible del mercado que todo lo regula, la que se supone justa y equitativa, reparte bofetadas y no caricias o recursos como se le suponía.

El sobreconsumo despilfarrador que el mercado comandado por necios economistas neoclásicos nos ha permitido, al no computar el coste real de los productos obviando el valor de la extracción de los recursos y la capacidad de absorción de los desechos por parte del sistema, comienza (o comenzó en su momento) a cobrarse sus primeras víctimas. Y, como de costumbre, los más inocentes pagaron el pato.

El abismo entre los más acaudalados (léase tú y yo), que paradójicamente ya hemos hecho uso de todo cuanto disponíamos y nos precipitamos en caída libre al abismo, y los más empobrecidos, que tienen que hipotecar las riquezas anturales para pagar por una deuda ilegítima (¿quién debe a quién?) es un signo inequívoco de ello. De igual manera que la pérdida de especies, la degradación de espacios o la desaparición de ecosistemas productivos y diversos.

Aún tenemos un cierto margen de rectificación, pero como vengo diciendo: mientras no diagnóstiquemos el problema en nuestra actitud, en nuestros patrones de producción, consumo, distribución y desechado, todo lo demás será en balde.

martes, 16 de septiembre de 2008

Apagón hoy...¿encendido mañana?

Recientemente he recibido una nueva invitación a realizar un apagón de luces mañana, 17 de Septiembre de 21:50 a 22:00, con la finalidad de ahorrar energía y conseguir que el planeta pueda respirar (sic).

Ante esta propuesta de acción colectiva, a la que no puedo negarme puesto que resultaría incoherente con mi posicionamiento personal de austeridad y disminución del consumo, no puedo menos que mostrarme escéptico por diversos motivos.

Siempre he sido más partidario de la coherencia personal rutinaria y no del "actuar honrado en fechas concretas para perseguir la redención colectiva". Así que vengo obrando de idéntico modo sea cual sea la circunstancia o la coyuntura política, social o ambiental. De ahí que desconozca el almanaque que dicta el día del medio ambiente, el día del cooperante, el día de la mujer y tantos otros "días de".

Quiero que quede clara mi postura ante la vida y que según mi parecer de nada sirve que quien mañana apague cicunstancialmente las luces en un atisbo de rectificación (algun sentimiento de culpa sentirá, imagino), siga diariamente empleando su vehículo personal para el más insignificante desplazamiento, continúe duchándose o aún peor bañándose un par de veces al día por el mero placer de hacerlo, acuda regularmente a centros comerciales como hobby para adquirir productos que jamás empleará, enchufe el aparato de aire acondicionado sin rubor con la llegada del más irrisorio rayito de sol, tome regularmente vuelos cuando la distancia es medianamente alejada...

Puede, no lo niego, que con el "gesto" de mañana, al que por supuesto me sumaré en la medida de mis posibilidades, se logre un drástico valle en el consumo de electricidad, lo que indudablemente redundará en el bienestar social y ambiental y sin embargo no solventará la crisis ecológica sin precedentes en la que nos hayamos envueltos mientras no nos preocupemos seriamente por modificar sustancialmente nuestro tren de vida. Esas costumbres que realizadas diariamente suponen una reducción real, significativa y constante (apagar el grifo cuando no se hace uso del mismo, optar por la bicicleta o el transporte público colectivo como modo de transporte, adquirir productos locales respetuosos con los medios de producción y con el entorno...). Lo demás será poner una pica en Flandes o parchear en lugar de plantarse cara a cara ante el problema.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Decrecimiento y simplicidad voluntaria

Tras un trabajo de subtitulación que les ha tomado bastante tiempo, por fin podemos disfrutar y degustar la "versión castellana" del documental francés "Simplicité Volontaire et Décroissance", una labor que merece nuestro más sincero reconocimiento y un agradecido aplauso.

Una vez finalizada esta labor, recomiendo no perder comba del blog inspirador de este www.decrecimiento.blogspot.com que retoma impulso con renovada vitalidad.

viernes, 12 de septiembre de 2008

La paradoja de Jevons (o efecto rebote)

Hoy voy a aprovechar mi blog para explicaros un concepto que, aunque ampliamente manejado por los que abogamos por producir, consumir, distribuir y desechar de un modo más limitado y consciente, es habitualmente ignorado por aquellos adalides de ese oxímoron dulcemente adjetivado que es el desarrollo sostenible.

No niego la mayor: la ciencia ha avanzado una barbaridad en los últimos tiempos, hasta el punto de crearse una dicotomía reduccionista y empobrecedora entre quienes creen a pies juntillas en los progresos y descubrimientos de esta y quienes profesan su fé en algún demiurgo creador, se llame éste como se llame (Allah, Buda, Dios...). Creacionistas vs Darwinistas. Recientemente ha cobrado protagonismo una vez más con el tan cacareado acelerador de partículas, que ha provocado tantas adhesiones como detracciones.

Sea como fuere, la ciencia, la tecnología, ha realizado avances cuantitativos que nos han procurado ventajas notorias en nuestro día a día, que nos han facilitado la vida. Así, por ejemplo, el ascendor permite a quien se encuentra impedido para caminar, acceder a lugares que serían impensables si obviáramos su existencia o internet nos posibilita el acceso a un universo valiosísimo e inabarcable de información con un sólo "click" de ratón.

Sin embargo, el economista William Stanley Jevons observó empíricamente como un descubrimiento fundamental para el actual modelo de desarrollo como la máquina de vapor de James Watt mejoraba cualitativamente la eficiencia con respecto a los modelos primigenios de esta (esto es, que cada máquina empleaba menos carbón para producir una unidad de energía) y, pese a ello, el consumo neto del recurso aumentaba puesto que la cantidad de máquinas fabricadas se incrementaba paulatinamente, lo que le condujo a afirmar que, "a medida que el perfeccionamiento tecnológico aumenta la eficiencia con la que se usa un recurso, lo más probable es que aumente el consumo de dicho recurso".

Es decir que aunque ahora dispongamos de bombillas de bajo consumo, "eco"vehículos, "stand by" en los televisores o realicemos operaciones con dinero virtual sin movilizar aparentemente los recursos; el consumo neto de estos aumenta puesto que descargamos nuestra responsabilidad en los gadjets y su innata capacidad para consumir menos energía y recursos.

Es decir si, pongamos por caso, un utilitario consume menos petróleo, este hecho nos permite ahorrar en combustible, lo cual repercute en que a la larga nos podamos hacer con aquella motocicleta que tanto anhelábamos, con lo que ahora el gasto es doble: necesitamos alimentar al ciclomotor y al vehículo inicial y para ello cabe emplear bastante más combustible del que hacíamos uso en un principio. A esta contradicción de consumo se le llama la "paradoja de Jevons" o "efecto rebote" y desmonta ese ansia de los desarrollistas (o desarrollo-sostenibilistas) por enarbolar la desmaterialización (la producción sin consumo de materiales) como solución preferente a los conflictos económico-ambientales.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Con actitud de urraca

Dicen de las urracas que son aves astutas, coquetas, con dotes para la comunicación, aunque desagradables en su graznido y que saben valerse por sí mismas, pero también depredadoras, carroñeras, egoístas y con una querencia especial por almacenar excedentes alimenticios y objetos brillantes, por los que sienten una especial predilección, en lugares sólo por ellas conocidos.

Y ciertamente, encuentro un elevado grado de similitud entre la actitud que este ave exhibe y el comportamiento diario de buena parte de los integrantes de nuestra especie.

En un contexto caracterizado por la competitividad de mercados, por la máxima de "más es mejor", por el "ser mejor que el vecino" a cualquier coste (mejor empresario, mejor atleta, con un puesto más relevante en la sociedad, con una novia más hermosa a ojos de los demás, con un sueldo más abultado y un vehículo más aparente...), buena parte de quienes nos rodean invierten un gran parte de su tiempo en parecer jóvenes y saludables, más aún las mujeres, a quien la sociedad en su conjunto somete a extraordinarias presiones. De ahí su coquetería en ningún caso reprochable, habida cuenta de la realidad de apariencias en que nos encontramos embebidos.

No es este hecho el que me quita el sueño, pues al fin y al cabo no participo de este juego inacabable y absurdo todo en uno. Me preocupa más el hecho de que nos obsesionemos con acumular compulsivamente alimentos y objetos. Es precisamente este compulsión enfermiza la que nos distancia de la equidad en el reparto de los recursos y la que abre una brecha con nuestro entorno, ambiental y social.

Parece evidente que cuando yo me hago con un objeto o alimento en propiedad, privo a otro individuo del "privilegio" que supone poseer dicho objeto o alimento. Hasta aquí, imagino que no habrá objeciones. Y que para la producción, por lo general industrializada y no artesanal en la actualidad, de dicho alimento u objeto debe extraerse materia prima sobre la que elaborarlo. Esa materia prima procede del medio y una vez "consumido" el producto, pasará a engrosar el listado de desperdicios. Si el coste económico de dicho producto es bajo, puede deberse a la abundancia de la materia prima o a lo barato de su elaboración.

Y es aquí donde radica un problema fundamental. Si la materia prima es barata, puede deberse a que a) es abundante en el entorno cercano o b) no incorpora los costes de su no-reemplazo en el medio o sus costes reales de extracción y distribución. Lamentablemente, en un entorno tan intervenido como el actual "libre mercado", subvencionado hasta la saciedad, suele producirse esto último, con las inevitables consecuencias que trae aparejada: pobreza, saqueo y agotamiento de recursos...

Si lo que resulta económico desde la perspectiva del productor es la elaboración y no la procedencia de la materia prima, probablemente se deba a que a) la mano de obra es barata y las condiciones de los trabajadores deplorables (inseguridad laboral, explotación, trabajo impagado...) o b) el producto es deficiente en calidad. Si el producto es de calidad, puede deducirse que el perjudicado directo de lo económico del producto es el trabajador.

...por lo que cuando adquieres un producto por el mero hecho de tenerlo en propiedad a pesar de no dotarlo de un uso práctico, contribuyes a empobrecer el medio extrayendo sus recursos y a abundar en las injusticias y desigualdades sociales.

martes, 9 de septiembre de 2008

Con las renovables no basta

Los apóstatas de la religión del crecimiento, los decrecentistas o acrecentistas según Serge Latouche, no somos, al menos en su mayoría, unos utópicos que formulamos teorías sin orden ni concierto (principalmente porque la alternativa al crecimiento de la producción y el consumo no es única, ni excluyente). Al menos no en el sentido de ignorar cual es el momento histórico en que nos encontramos y que se debe exigir a cada cual para poder perpetuar la vida humana (y de otras especies) en la biosfera.

Somos conscientes de que la situación de apogeo comercial desencadenada a raíz de la revolución industrial, con la explotación desmesurada de las energías fósiles de obtención barata (petróleo, gas y carbón), está tocando a su fin, puesto que la carestía creciente de estas nos pone sobreaviso de su próxima esquilmación (la máxima producción anual -el cénit del petróleo o peak oil-, 74,3 millones de barriles de crudo, tuvo lugar en 2005 y desde entonces ha ido paulatinamente decreciendo coincidiendo con el alza en el precio del crudo de los 25 dólares el barril en 2003 hasta los actuales 100).

Por ello, consideramos perentorio que las energías fósiles que restan se empleen en reverter la dinámica petro-dependiente de la economía para poner a operar el sistema bajo un prisma de austeridad, con las energías procedentes de fuentes renovables (el sol, el viento, el agua y los excedentes agrícolas, si los hay), que hoy por hoy también son petro-dependientes ¡¡no lo olvidemos!!, en el horizonte para asumir buena parte de la producción energética global.

No se nos escapa que hoy por hoy estas fuentes no pueden asumir la totalidad del consumo energético y que su asimilación como energías menos nocivas, aunque ni mucho menos inocuas (de ahí las aves migratorias que son degolladas en los aerogeneradores, el dragado de playas para contruir paneles solares, la alteración del ciclo natural del agua por parte de las hidráulicas, el aumento del precio de los alimentos por destinar parcelas al cultivo de cereales para obtener biodiesel o bioetanol...), debe ser progresiva y aparejada a un viraje de mentalidad en la población.

Los decrecentistas añadimos que estas no representarán jamás un porcentaje mayoritario del mix energético si nos disminuimos en consumo total de energía. Y es este ahorro, que comienza por uno mismo (la autocontención), el que impedirá que tengamos que seguir inaugurando plantas nucleares, cuyos desechos aún no sabemos donde colocar (de ahí, por ejemplo, el oscurantismo español sobre el emplazamiento atc para almacenar residuos radioactivos temporalmente) y que diariamente nos sorprende con fugas o actitudes negligentes, que la coyuntura geopolítica origine invasiones para obtener petróleo o gas (Irak, Venezuela, Osetia del Sur...) y un sinfín de situaciones difícilmente sostenibles.

Así que apliquémonos el cuento y edifiquemos una nueva ética comenzando por sus pilares más elementales: viviendo una vida más simple para que otros puedan simplemente vivir, en palabras del genial Mahatma Ghandi.