
Si la sociedad no acepta, aunque respalde implícitamente con su inacción y su complaciente voto a unas siglas que presuntamente les representan, el sistema centralizado y de jerarquías elitistas en el que la suerte de cientos de millones de ciudadanos se la disputan caprichosamente multinacionales, banqueros y petroleras, que maquillando unas centésimas pueden acabar con las existencias de tantos inocentes que nacieron en "el lado oscuro", es el preciso instante en el que se antoja perentorio un viraje hacia la autonomía y la democracia participativa en forma de consejos o asambleas. La opinión de muchos para obtener soluciones reales, diversas e incluyentes.
Ha quedado sobradamente demostrado que el modelo (anti)social del pastel piramidal, que coloca como guinda al capital y que devoran unos privilegiados para que otros pasen la peor de las hambrunas, reparte indistintamente inequidad, injusticia, guerra, hambre y otras lindezas, lo que nos habla a las claras de su caducidad.
Si aceptamos esto, será el momento de pasar a edificar otra alternativa, o matriz de alternativas, de vida. De reconciliarnos con el medio y sus procesos productivos, aunque para ello tengamos que tomar la azada y sudar la gota gorda. De recuperar la vida comunal preservando, eso sí, nuestra intimidad y libertad de decisión y actuación. De reconocerse humildes ante la biosfera y quienes la cohabitan y abandonar el antropocentrismo "ombliguista". De desterrar el paradigma economicista, en el que sólo se valora lo productivo que puedas llegar a ser para el "statu quo" y el egoísmo que nos preside nos niega la posibilidad de ver más allá.
Construir el "nuevo mundo" será ciertamente una actividad dura y excitante, digna de ser vivida en primera persona. Revolucionaria desde luego. Quizá sólo apta para intrépidos. Es tiempo de aparcar corsés y ataduras y de lanzarse a la vibrante aventura de cambiar el estado de las cosas. Merece la pena, creedme.